ORINANDO DESDE EL BALCÓN (Hoja del diario nº 2222)
08/02/2010
Hace unos días estaban mi madre contándome cierta cosa que ahora no recuerdo y para ilustrarme sobre alguna persona de las aludidas empezó a remontarse en el tiempo. En un momento de la narración me dice "recuerdas que te orinabas desde el balcón cuando pasaban las procesiones". La interrumpí de inmediato, pues cualquiera que la hubiera oido pensaría de mí que pertenecía a un curioso comando anticlerical empeñado en boicotear las manifestaciones religosas a golpe de vejiga o, acaso, que gustaba de miccionar cada vez que procesionaban bajo el balcón de mi abuela Cruces en la plazoleta de San Pedro. "¡Mamá!, ¿qué es eso de cuando orinaba desde el balcón en las procesiones?, ¡que yo sepa aquello sucedió una sóla vez y nunca más se repitió!", a lo que mi madre, con una sonrisa, respondió: "¡Bueno sí, una vez, que más da!". Quise insistir para añadir un "¡que narices va a dar igual!" pero ella ya estaba continuando su relato.
Cuento esto porque aunque tengo un vago recuerdo del hecho sí que pudo montarse una buena por aquel desahogo. La procesión no la recuerdo y mi edad frisaría los tres años. El caso es que, cada vez que salen las anécdotas familiares, allí aparezco yo, en plan Manneken Pis daimieleño, echando hacia adelante las caderas y propulsando aquel chorrito sobre las cabezas de un matrimonio que, seguro, creían haber encontrado un lugar estupendo para contemplar la procesión. Por los detalles que cuentan quienes tenían edad para retener más detalles en cada ocasión que se rememora el incidente, aquella pareja debió ser especialmente prudente y apenas esbozaron una tímida protesta aunque para mis padres, claro está, tardó más en pasárseles el bochorno de la situación.
Posiblemente sea lo más transgresor que he hecho en mi vida, o no, que tampoco es cuestión de entrar en detalles, pero de aquel acto inconsciente habría de quedar esa fama recurrente, en el ámbito familiar, de que yo era aquel que orinaba desde los balcones cuando pasaba una procesión. Ahora suelo evitarlas, no crean, y cuando las veo lo hago a pie de acera, mirando hacia arriba por si algún émulo pretende devolverme aquel favor.