Estaba tan harto de las marcas blancas, de encontrarse los estantes habituales, a los que se acercaba para coger sus productos preferidos, ocupados por aquellos recién llegados de dudoso origen y que no terminaban por ser de su agrado, que decidió buscar alguna forma de vengar su decepción y aliviar su angustia. Odiaba que introdujeran cambios en el orden de los vasares porque su escasa orientación le hacía dar vueltas y más vueltas por el amplio establecimiento antes de completar la lista de productos que había preparado en casa, pero le molestaba mucho mas comprobar que de aquel papel concienzudamente elaborado quedaban, cada vez más, sin tachar los productos que ya no podía encontrar allí.
Por eso buscó la manera de boicotear a aquel supermercado que se empeñaba en decidir por él lo que podía o no comprar y se esforzaba en concebir una forma eficaz y llamativa de hacer llegar su protesta porque sabía que, individualmente, no era mucho el daño que podría inflingir a aquel gigante y, por ello, ansiaba encontrar un método con el que cautivar a otros decepcionados y sumarlos a su causa, a fin de que ya no fuera posible ignorar sus demandas.
Así creyó dar con la maniobra perfecta y, aunque tímidamente, comenzó con sus incursiones. Había observado que los huevos, perfectamente envasados en docenas, eran desechados por entero cuando un mal embalaje o un pequeño golpe rompía alguno de aquellos cascarones, y entendió que aquella podía ser una manera de poner en marcha su plan. Cada día se aventuraba en aquel palé y con una pequeña aguja de ganchillo fracturaba uno de los huevos, asegurándose hacerlo de forma que todo el contenido se expandiera bajo el plástico protector, y no detenía su acción hasta que la mayoría de las hueveras habían recibido el punzante castigo. Después abordaba los envases al vacío y refrigerados, unos y otros rápidamente ganados por el moho, y teminaba perforando las tapas de los yogures de forma que no pudieran pasar desapercibidos a sus compradores y pudieran rechazar el producto antes de llegar a la caja. Confiaba en que alguien pudiera sacar a la luz su hazaña y movilizar, de inmediato, a tanto cliente insatisfecho con aquella política comercial.
Lo cierto es que una mañana observó, sorprendido, que alguien se le había adelantado en la maniobra, y aunque sintió cierta rabia de no poder llevar a cabo su ceremonioso sabotaje, no pudo evitar la satisfacción de comprender que ya jamás estaría solo en aquella justa batalla.